Esto me lo ha mandado un amigo albañil:
Está científicamente comprobado. Si la gente aguanta ocho horas de trabajo diario es gracias al coqueteo. Lo hacen todos: el oficinista con la oficinista, el director con la directriz, el frutero con la verdulera, el cura con la beata, el legionario con la cabra, el atracador con la rehén, el gobierno con la oposición. Y viceversa. El problema lo tenemos aquí, en la obra, donde las oportunidades de coqueteo son escasas. Aunque se han hecho algunos experimentos al respecto, todos han fracasado estrepitosamente. Pero de esto, mejor no hablar. Ahora surge la pregunta: ¿cómo podemos soportar las largas y duras jornadas laborales, si no tenemos la oportunidad de practicar el coqueteo? La respuesta es simple: gracias a que disponemos de una variedad mutante y unidireccional del mismo. Me estoy refiriendo al piropo. Bueno, en realidad también puede ser bidireccional, que es cuando viene acompañado de una respuesta, aunque esto constituye más una anomalía que otra cosa. El piropo es, en fin, lo que hace que nuestro trabajo sea tan soportable como el de cualquier hijo de vecino (practicante del coqueteo con cualquier hija de vecina). Sin embargo, no es nada nuevo. Poca gente sabe que el piropo lo inventaron los antiguos egipcios, que estaban más adelantados que nosotros. Aunque ellos trabajaban en condiciones aún más adversas, porque lo hacían en el desierto, y por allí no pasaban muchas mozas: éstas se quedaban en el río, echando moiseses. Pero los egipcios, que estaban llenos de recursos, construyeron las esfinges. De este modo, mientras levantaban pirámides, podían ir soltándoles lindezas. Macizorra, y esas cosas.

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